viernes, 25 de diciembre de 2009

A TRES BAJO CERO Y VESTIDOS DE CORTO II. LA CARRERA (Por José A. Torquemada)

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Con la llegada a Navalmoral no ha acabado el viaje. Todavía hay que subir a Valdehúncar. Nos llevan hasta allí en autobús y aunque ya son más de las diez, la temperatura no cambia, seguimos a tres bajo cero. Eso sí, el día pinta bien. No hay nubes y si no fuera por la brisilla que corre y porque los charcos y charcas parecen pistas de hielo, la cosa está para correr a todo tren.

Bien, ¿verdad? Pues no. Ahora empieza otro dilema: ¿Qué me pongo para correr?, ¿mallas o pantalón corto?, ¿manga larga o corta?, ¿una camiseta o dos?, ¿gorro?, ¿ouantes? Miras al resto de corredores mientras calientan y hay de todo, desde quien está corriendo con el pluma puesto, hasta la que sólo lleva un top (da frío nada más pensarlo). Graciano (hijo... o padre) y Caballero dicen que cuanta menos ropa mejor, que luego va a sobrar todo. Inma, como buena madre, opina que hay que correr bien abrigadito. Y yo... ¡yo que sé! Mientras tiritaba seguía acordándome de Graciano (padre... o abuelo) en Peñarroya.

Decido que pantalón corto y manga corta. Con la tensión de la salida, el calentamiento y la incertidumbre de si nos hemos dejado a Josema en Miajadas, se me va pasando el frío.
Empieza la carrera y la estrategia que marca el entrenador para nuestro grupo (Carmen, Jaime y yo) es bien sencilla, ser conservadores los primeros diez kilómetros (los más duros) y atacar en los once últimos. Es cuestión de opiniones. Yo creo que una mejor estrategia es ser conservador los primeros veintiún kilómetros y atacar los últimos 97 metros.

Así pues, salimos conservando, y cuando digo conservando, digo conservando de verdad: En el primer kilómetro hemos perdido más de doscientos metros con respecto al resto de corredores. Vamos por caminos entre huertas y corrales, nos adelantan hasta los de las bicis escoba y estamos a punto de perdernos. No hemos hecho más que empezar y ya estamos corriendo solos.
Siempre dije que en esta época del año muchos pueblos de Extremadura parecen portalitos de Belén y a este no le faltaban ni las montañas nevadas de fondo. Correr por estos parajes los primeros diez kilómetros de carrera es como si fueras por mitad de un Belén viviente: las casas, los caminos, los cercados de piedra, los arroyos, el puente, las ovejas, las vacas y algún que otro pastor.

Una de las ventajas que tiene el quedarse atrás es que vas casi solo, disfrutando del paisaje por los prados y entre los encinares. La estrecha y serpenteante carretera es una sucesión de suaves cuestas que pican hacia arriba, pero que no se hacen excesivamente fatigosas. Entre todo eso sólo se oyen los pájaros, algún mugido y el clap, clap, clap de las zapatillas al correr. Más bucólico imposible. Solo faltaba algún pastorcillo tocando la flauta.

Tenemos el airecillo a favor y me alegro de haberme quitado la ropa de abrigo. Voy tan a gusto corriendo me ni me doy cuenta de que dejo atrás a mis compañeros. Tengo la tentación de esperarlos, pero me acuerdo de lo que lo que un día me dijo Caballero, “lo que ganas en la cuesta arriba es para ti”, así que no los espero (y aunque Carmen me acuse de traidor, le recuerdo que mucho más tirados nos dejó ella en Peñarroya).

Y en estas que llega el kilómetro nueve y pico, comienza la cuesta abajo y parece que empieza lo bueno. Si, “parece”, porque en un cruce cambia el rumbo de la carrera y desde aquí al final vamos a tener el viento en contra. Es cuando me doy cuenta de que la simpática “brisilla” de la que antes hablé realmente es un viento gélido que viene de la sierra. Y si antes iba bien de ropa, ahora vendrían estupendamente unos guantes manga larga, pues tengo los brazos y las manos tan congeladas que es casi imposible atarse las zapatillas.

En plena cuesta abajo pasamos por otro pueblecito, Millanes, donde un hombre, con cara de preocupación nos grita: “¡Pero muchachos, que os va a dar algo!”. Y digo “nos grita”, porque, cumpliendo las previsiones, a partir del kilómetro diez se empieza a apretar la cola de la carrera. Algunos de los corredores que se lanzaron al principio flojean y ya los estamos cogiendo.

Del once al quince la cuesta abajo se hace larga, larguísima (nunca pensé que me podía llegar a hartar de cuesta abajo, pero es así). Y a partir del quince, hasta el final, más o menos llano por las calles de Navalmoral, aunque no por eso estamos protegidos del viento. Es sorprendente que vas para un lado y lo tienes en contra, y das la vuelta y lo sigues teniendo en contra, no sé si sería obsesión, porque el frío ya estaba dentro del cuerpo o por las ganas de llegar a la meta.

Unos metros antes de llegar, un letrero en una farmacia lo aclara todo: la una y algo de la tarde y cuatro grados bajo cero.
(Continuará...)
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